Fuerzas de la Situación (III)
El título de este artículo parece sencillo de aplicar "No Entres", cuando lo habitual es que la mayoría de las personas no entren en casi nada. Pero no hablo aquí de la pasividad, del miedo a equivocarse o del desconocimiento. Cuando hablo de No Entrar, me refiero a una decisión que surge después de ver con claridad la propia estructura y la de aquella con lo que se puede entrar en relación.
Es decir, no entrar no corresponde a una reacción del ego, sino que es una consecuencia de la claridad. Las estructuras de las partes implicadas determinarán después las dinámicas de poder y las Fuerzas de la Situación que aparecerán más adelante.
Hace un tiempo entré en una relación de negocios con una empresa. Sabía que, en aquel momento, mi posición estructural dentro del sector era débil, ya que me faltaba experiencia real en proyectos con éxito, por lo que era consciente de que el acuerdo era desequilibrado.
Me colocaba en la situación en la que podía perder, fundamentalmente, mi tiempo y mi trabajo. Aunque la empresa también podía perderlos, el coste para ella era bastante menor y sus beneficios potenciales, en caso de haberlos, mayores a los míos.
A pesar de que el acuerdo recogió este desequilibrio, todo lo demás estaba bastante claro, yo representaba una entidad independiente que ejecutaba unas acciones y, si de ellas se obtenía un beneficio, yo cobraba unos honorarios. No había obligación de continuidad por ninguna de las partes, ni de tener que aceptar cualquier tipo de proyecto y, sobre todo, yo era una empresa independiente y soberana en las acciones que tenía que desarrollar.
Sobre papel todo estaba claro, pero justo después de firmar comenzaron a aparecer actitudes y exigencias, por parte de la persona de la empresa con la que me relacionaba, que no afectaban al resultado final de los proyectos. Me daba cuenta de que esos movimientos se dirigían a establecer una posición de poder en la que yo quedaba por debajo.
Entre esos requerimientos se encontraban situaciones que no se correspondían con la relación acordada. Por ejemplo, tener que pasar una entrevista de trabajo cuando el acuerdo ya había sido firmado y yo no formaba parte del personal asalariado de la empresa; realizar acciones que no sólo podían hacerme perder tiempo, sino también dinero, dejándome en una posición estructural muy delicada; y, en definitiva, dejar de ser soberana de mi trabajo para tener que hacer lo que aquella persona quisiera, pero con mi tiempo, mi riesgo y mi dinero.
No era la primera vez que me encontraba con dinámicas de este tipo, sino que más bien estaba bastante habituada. Tenía claros cuáles eran mis límites y no iba a ceder en aquello que me hubiera podido dejar en una posición muy débil, pero la relación siempre se mantuvo en una fricción constante por los intentos de colocarme en una posición inferior al valor y riesgo que sostenía. A día de hoy considero que esta fricción me produjo mucho agotamiento. Tardé tiempo en darme cuenta de que, para trabajar en aquella empresa, la sumisión venía de serie.
A pesar de esto, a lo largo de los dos años que mantuve relación con esta empresa, a medida que el valor que aportaba traía beneficios, los intentos de sumisión por parte de la persona con la que me relacionaba fueron perdiendo intensidad y frecuencia, pero nunca desaparecieron del todo. Por supuesto, esto se manifestó en el dinero, ya que desde el punto de vista estrictamente económico, aunque no tuve pérdidas, no justificó el trabajo y el riesgo asumidos.
Mi error cuando entré a trabajar con esa empresa fue pensar que, si veían el valor que aportaba, mi posición dentro de la relación cambiaría y, como consecuencia de ello, también mis beneficios. Pero cuando el gran proyecto llegó, prefirieron no abrir una negociación que permitiera reequilibrar la relación, a pesar de que realizar el proyecto hubiera resultado en un beneficio económico para ambos.
Más adelante, he tenido contactos con empresas que operaban con esta misma dinámica. De nuevo, intentaban hacerme ver que ellos estaban en una posición superior a la mía, menospreciando el valor de la oportunidad que yo podía traerles. Por supuesto, ahora NO ENTRO. Sencillamente, ya sé que es una POSICIÓN ESTRUCTURAL, que es muy difícil que cambie y que, por tanto, nunca me resultará rentable trabajar con ellos.
Esto es lo que hago en negocios, pero en mi vida cotidiana NO ENTRO (en este caso, no voy) a ningún lugar donde las dinámicas de sumisión forman parte de la normalidad y se dan por supuestas.
Con el tiempo, uno de los patrones que más he visto repetirse en la Maldad es el intento constante de someter (o colocar en una posición inferior) a los que no ceden.
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